El otoño está a la vuelta de la esquina, y mientras las rebajas de verano dan ya sus últimos coletazos, los ojos se nos van a las estanterías de la nueva colección
Todavía nos da pereza cuando vemos los abrigos y las botas hasta la rodilla en los escaparates, pero que levante la mano quien se tope un jersey de ochos suave y calentito y no le entren ganas de meterlo al armario, para sacarlo más adelante, cuando haga falta. A estas alturas ya no necesitas más ropa de verano; tienes cubierto el cupo. Suficientes bikinis, vestidos de playa y sandalias, y los que compres ahora, tendrás poco tiempo de ponértelos antes de tener que guardarlos hasta el año que viene.
Le pese a quien le pese, el otoño
está ya en los escaparates. Yo, sin embargo, intento no mirar mucho. Este año me
he prometido a mí misma no comprar nada que no necesite. Nada que no me vaya a
poner, nada de lo que me vaya a cansar enseguida, nada repetido. He tomado la
decisión de construir un armario inteligente, es decir, asumir que el espacio
del que dispongo es limitado, y que la mitad de las cosas que me compro por
impulso muchas veces me las pongo poco más de una o dos veces antes de
cansarme, decidir que no me gustan, sentirme incómoda llevándolas o, directamente, por motivos difíciles de
explicar, cogerles manía, y no querer volver a saber nada de ellas (aunque
tampoco me decida a sacarlas del armario, ya sea por cargo de conciencia, o
porque tengo la esperanza de volver a usarlas algún día, cosa que nunca pasa).
