En lo que a ropa se refiere,
siempre he sido de esas personas que piensan que está bien tener una o dos
cosas buenas, de esas que pasan a una segunda, e incluso una tercera
generación, y luego un montón de ropa de temporada. De esa que te sale tirada
de precio en las rebajas, o que compras de nueva temporada en un impulso, que
te pones durante toda la primavera, el verano y parte del otoño, guardas en una
caja durante el invierno, y ahí se acabó. Cuando vuelves a sacarla después de
unos meses resulta que ya no la ves con los mismos ojos. Ya no se lleva, o te
has comprado otras cuatro prendas similares que te gustan mil veces más. Pasan
los años y ya no te la vuelves a poner, por lo que más tarde o más temprano, a
veces hasta con un poco de pena, acabas dándole puerta. Otras veces la rescatas
y la sigues usando, después de algún tiempo, pero cada vez le salen más bolas,
cada vez se estiran más las mangas, y el color ya no es lo que era. Es ropa de
temporada, prendas que entran y salen de tu armario en un ciclo de pocos años,
a veces incluso meses. Durante un tiempo las tienes en rotación, te las pones
de vez en cuando, o les das muchísimo uso, pero sabes que no son la clase de
prendas que algún día podría heredar tu hija.
