Tenía 7 años cuando murió mi
abuelo materno.
Recuerdo aquella noche como si
hubiera sido ayer. Estábamos viviendo temporalmente en casa de mis otros
abuelos, los padres de mi padre, porque nuestra casa —situada en la misma
calle, un poco más arriba— estaba en obras. Aquellos días veía poco a mi madre,
que se pasaba los días pegada al cabecero de la cama donde su padre se consumía
y se apagaba lentamente. Mi abuelo tenía cáncer, y le habían mandado a casa a
morir. No se podía hacer nada más.
Mi abuela paterna se ocupaba de
nosotros, de mi hermano pequeño y de mí. Nos levantaba por las mañanas, nos
preparaba el desayuno y nos llevaba al colegio. Por las tardes volvíamos a casa
y hacíamos los deberes. Mi abuelo y mi padre volvían a casa después de
trabajar, pero a mi madre casi no la veíamos. No solía cenar en casa. Si acaso
llegaba para darnos un beso antes de acostarnos.
