Os voy a confesar una cosa: tengo
el pelo graso. Extremadamente fino, extremadamente liso, y muy, muy graso.
Es un problema con el que llevo
batallando más o menos desde que tenía trece años, cuando los cambios
hormonales hicieron su aparición y se cargaron el delicado equilibrio que regía
en mi cuero cabelludo. Pasé de lavarme la cabeza una o dos veces por semana, a
tener que lavarme el pelo día sí, día no, cuando no todos los días, para
mantener la grasa a raya.
No exagero; el pelo no me dura limpio dos días seguidos. A veces, si hay
suerte, llego a las veinticuatro horas,
pero el efecto de dormir suele ser fulminante. Me voy a la cama con el
pelo recién lavado, limpito y
resplandeciente, y me levanto con él aplastado, mate y dividido en fascículos a
la altura de la coronilla. Es lo que hay y lo tengo asumido: tras una noche
entera en contacto con la almohada, mi pelo ya no vuelve a ser el mismo.